sábado, 13 de octubre de 2012

¿Quien Fue Moisés?




En el siguiente escrito nos detendremos en la figura de uno de los patriarcas del judaísmo, Moisés, uno de los hombres más importantes del Antiguo Testamento a quién la tradición le considera el promotor del Éxodo y el padre de la religión judaica y de su ley, que sería conocida como ley mosaica. Pero, ¿existió realmente o fue una leyenda?, y si existió, ¿en qué época vivió?. En las siguientes dos entregas intentaremos desvelar un poco de luz en medio de ese dificultoso misterio que rodea su mito, exponiendo dos líneas teóricas diferentes, de las cuales resulta una errónea, históricamente, contando con el Pentateuco, como fuente principal.
Ante la inexistencia de pruebas documentales que, de un modo rotundo, demuestren o descarten la existencia del Moisés-hombre, la única solución parece estar en el método. De estos, el más adecuado sería aplicar el sentido común, es decir, la lógica deductiva que empleaba en todos sus casos el célebre detective Sherlock Holmes, según lo expresaba las propias palabras del personaje: “Cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, aún cuando parezca improbable, debe ser la verdad”.
El lector profano de la Biblia deduce que la península del Sinaí fue residencia temporal de los israelitas en su Éxodo, antes de instalarse en Canaán, mientras que el creyente, ya sea judío o cristiano, lo vería como el escenario fundamental de los primeros libros de la historia sagrada. De este modo, el Gebel Musa o Monte de Moisés, con sus 2.285 m. de altitud, sería aquel en donde Moisés recibió de la mano de Jehová Las Tablas de la Ley. ¿Pero fue lo que realmente sucedió?
La Biblia nos refiere al Éxodo de hebreos dirigidos por Moisés, mientras que sobre las circunstancias no parece testimoniarnos ninguna información, por lo que se debe recurrir a otras fuentes. Antonio Blanco Freijeiro, en su artículo: Arqueología en el desierto de Dios (Historia 16, Cuadernillo n° 65, pg. 127), cita una orden emitida por las autoridades egipcias, que sigue como queda a continuación: “A partir de ahora [en torno al año 1192 a. C.] se dan por terminados los permisos de entrada en Tkw [¿_?], por el puesto de Mernepah, a las estirpes Shasu de Edom que se dirigen a las lagunas de Pitom de Menerpah en Tkw, para conservarse con vida ellos y sus ganados”.
Este edicto fue una de los muchas pruebas que llevaron a pensar a ciertos historiadores (al propio Blanco Freijeiro), que la Historia del Éxodo se remonta a Ramses II (soberano del 1290 al 1224 A.C.), quien empleó mano barata de pueblos extranjeros -supuestamente hebreos- para la construcción de las dos ciudades Ramses y Pitom, recurriendo a aquellos que estaban en la zona del Delta del Nilo. La zona fronteriza del Delta era una región propicia para que pueblos nómadas, no egipcios, se instalasen sin la necesidad de penetrar en el propio Egipto, donde tendrían una consideración social muy inferior a la del egipcio. De ahí, que los historiadores encontrasen en esta circunstancia el contexto de la entrada de José en Egipto, mientras que la situación de malestar -que predispuso los ánimos para el Éxodo- lo sitúan en la esclavización de Ramsés II de estos pueblos, para acometer las obras de las dos ciudades.

Prosiguiendo en el episodio, la Biblia nos narra uno de los momentos emblemáticos de la andadura israelí por el desierto, el famoso paso del mar Rojo por el pueblo hebreo y el cierre de las aguas sobre sus perseguidores. No sabemos cuando se verificó este milagro, pero no deja de ser curioso como la estrecha franja de tierra que separa el Lago Sibórico (Sabkhet el Bardawill) del mar Mediterráneo -al norte del Sinaí-, testimonie la pérdida de varios ejércitos en varias ocasiones. La más conocida sea, quizás, la que se refiere Estrabón en su Historia: la desaparición del ejército de Tolémaida, engullido por una ola que arrastró a una parte de su contingente.
Este inicio, útil para situarnos geográfica e históricamente, nos sirve de introdución a la hora de empezar a plantearnos las principales cuestiones que iremos desgranando, lentamente, a lo largo de las siguientes páginas.
El mito del nacimiento del héroe.
El nacimiento de Moisés habría que relacionarlo con el "nacimiento mítico de los héroes", de los que encontramos modelos entre todas las civilizaciones. El héroe es hijo de padresilustrísimos, generalmente de reyes. Su concepción está precedida de dificultades y durante el embarazo o antes, se da el fenómeno del anuncio, que suele representarse en un sueño, un oráculo, etc. como advertencia de su nacimiento, como vemos, en este caso, en la figura del faraón. En consecuencias, el niño está condenado y debe huir o quedar abandonado. Luego, es reconocido, alcanzando la gloria y grandeza. El más antiguo de los casos históricos a quienes se le vincula este mito natal, es el de Sargón de Ágade, a quien se le atribuye la fundación de Babilonia. También encontramos otros ejemplos entre Ciro, Rómulo y Remo, e incluso en la figura de Cristo. Del mismo que encontramos modelos entre personajes sacados de leyendas o de historias populares, como el de Edipo, Perseo, Hércules o Gilgamesh.
Su nacimiento está totalmente contrastado en la historia mítica, con el inconfundible abandono en una caja en el río. Y la fábula continúa con la denominada "historia familiar". Aquí encontramos las distintas modificaciones del carácter efectivo del niño con respecto a sus progenitores, especialmente con el padre. Los primeros Alos de la niñez están marcados por la alta influencia del padre, como vemos en la figura del faraón. Y la idea de su supervivencia, pese a violentos poderes antagónicos, es igualmente la presentación de una historia posterior, la de Jesucristo, en donde el faraón que intenta acabar con él, asume el papel del rey Herodes.
También, otra parte del mito del origen del héroe, que puede verse en la figura de Moisés, es la separación entre la "familia" noble y la humilde del personaje. En la versión típica del niño, este nace en el seno noble, casi siempre real. Pero luego, aparece, inconfundiblemente la cara humilde de la historia, la que se ha interesado dar de sus padres. El contraste social de las dos familias permite al mito cumplir una función particular cuando se tratan de personajes históricos. En efecto, ofrece al héroe de un derecho que le lleva a encumbrarlo, a destacarse de la multitud. Por eso, considero que si Moisés, existió realmente, este fue un advenedizo, pero considerado como descendiente de un faraón, por su leyenda.


En la perspectiva mitológica de las dos familias, estas se diferencian en una noble y en otra humilde, pero en el plano de la realidad, una de ellas era auténtica, mientras otra, ficticia. La verdadera sería en la familia donde nació y se crió, mientras que la otra, sería inventada, con el propósito de configurar los fines de su "misión".
Pero, quizás nos interese más la historia de un mito egipcio, Shinué, personaje que, aunque la gran mayoría lo relaciona con el escritor Mika Waltari, comparte muy poco con el del novelista finlandés; tan sólo, el nombre y la patria. Sin embargo, las aventuras de Sinuhé nos lleva inevitable al del otro fugitivo de Egipto: Moisés. En ellos, se dan importantes paralelismos. Sinuhé recorre Siria hasta que Amunenshi, príncipe del país de Retenu (región al norte de Palestina), le ofrece su hospitalidad. Este le relata las causas de la huída y cómo había conseguido llegar, por los designios de Dios. La inspiración divina sería una de las constantes en ambos personajes, como vemos en el siguiente elogio al rey de Egipto, muy similar al de Moisés con Yahwéh, e incluso en sus atributos:
Es un dios sin igual,
semejante a él no ha existido ninguno,
es un maestro de sabiduría, sus designios son perfectos.
[Dios Todopododeroso, diría la versión hebrea.]
Un batallador inigualable
Cuando se le ve alzarse contra los extranjeros
[Jehová, Señor de los Ejércitos]
¡Se alegra el país del cual se ha hecho señor!
[Dios de Israel]
Sobre el nombre "Moisés".
¿De qué raíz lingüística parte el nombre "Moisés"?. Tradicionalmente, se le atribuye un origen hebreo, pero las últimas opiniones se desbancan por uno egipcio. El nombre hebreo sería Mosheh, que según vemos en el libro de El Éxodo, quiere decir "a quien saqué de las aguas"; sin embargo, la explicación me resulta insuficiente, por su evidente relación con uno de los mitos más repetidos en la historia. Por eso, considero una mayor vinculación con el léxico egipcio, en el que encontramos una semejanza curiosa: el término "mose," en egipcio, significa "niño". Veamos, para el caso, el parecido que existe con nombres de algunos faraones: Thut-mose, del que derivaría Tutmosis; Amon-mose, convertido en Amosis; y Re-Mes- S-S, en Ramses. La "s" final es muy posterior, pero no es un rasgo hebreo, sino griego. Es decir, las versiones de estos nombres las tenemos de traducciones griegas. ¿Quiere decir esto que el nombre de Moisés, en su origen, servía de abreviatura de otro nombre más largo ("hijo de tal"), cayendo en desuso o en el olvido la segunda parte, por lo cual quedaría "Moisés”?.
Y si esto es cierto, puede entenderse que alguien con nombre egipcio sea, en realidad, egipcio. Si nos vamos a momentos modernos, podemos observar como ciertos apellidos se vinculan con su origen de procedencia. Así nos encontramos con el francés Napoleón Buonaparte, de origen italiano, u otro caso, aún más claro, en el también italiano, Benjamin Disraeli, como nos demuestra su apellido. Pero esta relación debía ser, sino imperativa, más evidente todavía en época antigua. Es bastante razonable, sin embargo, la idea de que las Sagradas Escrituras negaran todo origen de Moisés fuera del estricto hebreo; no obstante, la procedencia etimológica de su nombre no es prueba definitiva de su origen.
¿Hebreo o egipcio?.
Sería extraño pensar que el libertador del pueblo judío y su legislador, no fuera judío, sino egipcio. Cuando un grupo o una etnia se levanta e inicia un movimiento, elige a un jefe entre sus propios miembros, y es poco razonable creer que un egipcio dirigiera a un pueblo extranjero y culturalmente más pobre, sobre todo si se trata de alguien encumbrado, quizás un sacerdote o alto funcionario, e incluso un príncipe. Habría que tener en cuenta, también, el conocido desprecio que existía en la antigüedad hacia los extranjeros, a quienes consideraban esclavos o servidores de los dioses de su propia civilización. La idea de que lo civilizado estaba en tu cultura, tu pueblo, y que todo lo exterior era bárbaro y salvaje.
Por otro lado, encontramos otra dificultad importante. La tradición le considera como el legislador del pueblo egipcio y el creador de un nuevo culto, el judaico; tareas, en realidad, demasiado vastas y complejas para atribuirlas a una sola persona. Además, si vas a imponer una religión a un pueblo extranjero, ¿no sería lo más normal, basarse en un culto ya conocido y que le resultase familiar?. Es cierto que los propios judíos debieron tener, sino oficial, al menos una "religiosidad" reconocida por ellos; mientras que la religión impuesta por un egipcio sería, por fuerza, la egipcia. Pero se da un aspecto evidente que niega esta hipótesis, por completo: el total antagonismo entre ambos cultos. La religión egipcia se caracteriza por su politeísmo; no hay un sólo dios, sino muchos los que forman su panteón; mientras que el judaísmo es claramente monoteísta. Un Único y Todopoderoso, del que además ni es posible tener una imagen suya ni incluso nombrarlo. En el caso egipcio, ocurre todo lo contrario. Es una gran cadena de divinidades, completamente representadas en elementos reconocidos por su pueblo, como el buey de Apis o el halcón, Horus, en donde, incluso, advertimos un orden o jerarquía. Igualmente, en este culto se observan muestras de ritos o ceremonias mágicas-religiosas, con importantes himnos o alabanzas a esos dioses. En la otra, sin embargo, cualquier manifestación mágica estaba prohibida. Así mismo, cualquier intento de representación plástica de algún ente imaginario o divino estaba vedado en el culto judaico, mientras que del egipcio conservamos grandes muestras de este arte. Y por fin, una última diferencia entre ambas religiones lo encontramos en la llamada "cultura de la muerte". Ninguna civilización de la antigüedad como la egipcia se preocupó tanto en quitar importancia a la muerte, a la que consideraban un mero trámite a una existencia superior; todo lo contrario sucedía con los judíos, quienes no creían en ningún tipo de inmortalidad.



Nuestro segundo argumento a favor de la "nacionalidad" egipcia de Moisés ha resultado, como se ha podido comprobar, un auténtico fracaso, al destacarse el antagonismo entre ambos cultos. Sin embargo, todavía debemos escarbar más profundamente en este aspecto, encontrando una excepción a la regla, en la historia de la religión egipcia, que nos permite continuar en esta misma hipótesis. Aunque es cierto que no podemos hablar de la religión egipcia, sino de una particularidad en esa religión.
Nos detenemos ahora en el período de Tell- el- Amarna, en la dinastía XVIII, cuando un joven soberano decide cambiar el culto y su propio nombre, y de llamarse Amenhotep IV, pasa a Akhenaton. Es un momento glorioso, en donde el imperio egipcio se extiende por el norte, hacia Siria y Palestina, llegando incluso a Mesopotamia, y por el sur, a Nubia (la actual Etiopía). Y entre sus rarezas religiosas, rompiendo con los principales preceptos del culto tradicional, encontramos un monoteísmo en la figura del dios Aton, que sustituía a Amón-Re. Divinidad que aparecía representada en un disco solar, algo que me ha llevado a pensar que su culto tuvo como origen la escuela de On (Heliópolis). Sin embargo, según Breasted, en suHistoria de Egipto (pg. 360): "por más evidente que sea el origen heliopolitano de la nueva religión, no se trataba de un mero culto solar. La palabra Atón era empleada en lugar de la antigua voz que servía para designar a "dios" y el dios es claramente distinguido del sol material". El problema del nuevo culto fue que una vez superada la etapa del propio soberano, sus sucesores se preocuparon de borrar cualquier manifestación de aquel. Le sucedería un niño de nueve Alos, gobernando durante una década un faraón tan joven que no podría hacer nada importante, pero que la Historia le destaca por los grandiosos restos arqueológicos hallados en su tumba sin profanar; Tutankamon. Sin embargo, según un cartucho su nombre original era Tutankaton, que significa "el hijo vivo de Aton". Entonces, ¿fue hijo del anterior Akenaton?. Si es así, sería un soberano a quien se le presentaba un doble panorama: seguir, por un lado, el legado cúltico de su padre o retomar la tradición. El hecho de que apareciese un nuevo cartucho con el nombre Tutankamon, "el hijo vivo de Amon", desvela que el faraón optó por la segunda posibilidad. Sin embargo, las ideas de Akhenaton no murieron del todo, sino que resurgieron en la figura de un hebreo, Moisés, con el dios Jahwéh.
No sólo se borró el culto al alabado Amon, sino que el monoteísmo trajo consigo una intolerancia religiosa, jamás vista en Egipto. Pero lo que nos interesa del asunto serían los aspectos introducidos por la nueva religión. Se venera tan sólo a un Dios Único y Todopoderoso, que no puede ser representado, salvo por el disco solar; y los templos y sus servicios divinos, así como cualquier manifestación mágico-taumatúrgica, fueron prohibidos. Esto promovió un descontento general que llevaría a una respuesta enérgica de los sacerdotes más fanáticos, y que a su muerte, en torno al 1358 a. Cristo, surgiese un período de vacío de poder que acabaría cuando el general Haremheb, retomase el control del país.
Esta relación con el culto de Akhenaton, podría darme una explicación acertada de esta hipótesis sobre el origen egipcio de Moisés. Es una posibilidad, a tener en cuenta, que una vez muerto el faraón y destruida su nueva religión, perdiera este todo su interés por el país que había odiado tanto a su soberano, de tal modo que buscara, en algún pueblo extranjero, la forma de crear un "reino" y un nuevo culto, tomado del erradicado recientemente en Egipto. Y es una posibilidad, que nuestro hombre fuese un príncipe, porque reuniría las formaciones del sacerdote (como creador de un culto) y del funcionario (como conductor de su pueblo y legislador).
Una prueba más de esta hipótesis, sobre un origen egipcio del patriarca hebreo, es la semejanza que existe entre un himno dirigido a Atón y el salmo 104, que señalando algunos pasajes, quedan del siguiente modo:
Himno al dios Aton Salmo 104
Cuando te pones por el horizonte de occidente, Tu pones las tinieblas, y es la
La tierra queda en tinieblas como la muerte. noche.
Los leones salen de sus guaridas. En ella corretean todas las bestias
de la noche.
Los hombres despiertan y se ponen de pie. Sale el hombre de su hacienda.
Todos se dedican a su trabajo y a su labranza, hasta la tarde.
¡Cuán muchas son tus obras! ¡Cuán muchas son tus obras, oh Jehova!
Tu has hecho la tierra a medida de tu deseo. La tierra está llena de tus beneficios.
Es posible que el salmista que se encargó de escribirlo, se influyese en el himno de alabanza a Aton, y que debió de pasar a Palestina tras la caída inmediata de Ankenaton o mientras él todavía gobernase. Lo que ocurre es que en Egipto los poemas dirigidos a Amon recuerdan a un marcado monoteísmo, pues se solía considerar la suma de los otros dioses, sin rechazar, con esto, la individualidad de cada uno de ellos. En himnos de dinastías posteriores, se puede ver como presentaban a Amon como un dios universal y único, al tomar los atributos y formas de los demás dioses. Por eso, no es prueba definitiva que un salmista hebreo se basase en Aton, para referirse a Jehova.
Y si Moisés tomó su culto de la religión egipcia, lo hizo de la de Akhenaton, la de Aton. Si del mito que tenemos de él, aceptamos algunos datos, observamos como la relación entre Moisés y Ahkenaton no fue causal sino muy profunda, llegando a mostrarnos a un personaje noble, quizás, vinculado a la casa real, e incluso un posible sucesor al trono. Según el historiador romano Flavio Josefo, en su obra Antigüedades de los judíos, una leyenda cuenta que Moisés fue un general egipcio que libró una batalla en tierras etíopes. Pero, a pesar de la cita del autor, no tengo documentación bibliográfica que apoye este argumento.
Siguiendo esta primera línea teórica, ahora, nos encontraríamos con un personaje, próximo a Akhenaton, que quizás se llamase Ankmose, Thutmose o ¡quién sabe!. Lo importante es que la segunda parte debía ser - mose; mientras que Thut o Tut, seguramente fuese un nombre muy común en ese momento, pues así se llamaban algunos personajes de los que tenemos información, como por ejemplo, un escultor cuyo taller estaba en Tell- el- Amarna. Es posible que fuera gobernador de alguna provincia fronteriza, que se viese relegado a proscrito, cuando los ideales del soberano monoteísta se fueran al traste. Esto quizás le impulsara a buscar una cierta "compensación" ya no en Egipto, sino fuera de él; y también es posible, que para ello, aprovecharía el contacto con alguna tribu semita, con quien mantuviera relaciones. Esto nos llevaría a pensar que decidiera marcharse con sus nuevos "aliados", llegando incluso a sentirse uno de ellos, a quienes les terminaría inculcando su propio culto y una legislación. La dureza de las leyes que encontramos en el Deuteronomio y en el Éxodo podría explicarse desde esta perspectiva, por verse en un pueblo extraño y tendente a las revueltas.



Y si fue un hombre encumbrado, es extraño pensar que se uniese a un pueblo extranjero sin la compañía de los suyos, sacerdotes, siervos, escribas, otros funcionarios, que formarían parte de una "elite", los llamados levitas, que pueden entenderse como loscompañeros de Moisés. Quizás, partidarios de la antigua doctrina de Atón, que consiguieran escapar de Egipto. Y es posible que de este grupo, originariamente egipcio, surgiera la posterior Tribu de Leví.
Pero, ¿estuvieron los hebreos en Egipto?.
Según la Biblia, los israelitas sufrieron un cautiverio de cuatrocientos treinta años (Éxodo 12,40), teniendo una información acerca de su fecha aproximada, en Reyes I, en el hecho de que Salomón empezó las obras del Templo, cuatrocientos ochenta Alos después de la salida de Egipto. Si, según testimonios diversos, su construcción tuvo lugar en el año 970 a. Cristo, esto deja como fecha de un posible Moisés en tono al año 1450, y el momento de la llegada a Egipto, o sea, el del episodio de los los "patriarcas", en el año 1880 a. Cristo. Si estas fechas fuesen exactas, la salida de Moisés correspondería con la Dinastía XVIII, pero no con Akenathon, sino con alguien anterior, Tutmosis II, quien moriría ese mismo año, y por tanto, lejísimo de la Dinastía de los Ramésidas, que los historiadores y exegetas de la Biblia pretenden situar.
Un detalle inapelable, echa por tierra las anteriores hipótesis, sin dar esperanzas a poder reanudar estos argumentos. El hecho de que la historia de El Éxodo bíblico jamás pudo sucederse, por la sencilla razón de que ¡no había judíos en Egipto!. Si realmente se hubiera dado una población semita, existirían testimonios de su presencia, restos de la cultura material que traerían consigo; hubieran aparecido nombrados en inscripciones egipcias o mencionados en las paredes de alguna tumba. No hay ni un sólo testimonio arqueológico, ni una sola mención de Israel, con la excepción de una famosa estela atribuida al faraón Menerpaht, de la dinastía XIX, en donde se dice que "Israel ha sido vencida". Esto tiene su explicación. Es muy probable que aquel soberano desconociese por completo la existencia de aquella "Israel" y que fuese una estratagema del escriba para ensalzar al faraón. Se solían "inventar" historias de guerras y victorias para engrandecer la figura de un soberano, siendo una posibilidad que conociese acerca de algún pueblo llamado de tal forma y que lo decidiera incluir en tal estela con dichos fines. Sin embargo, la información obtenida de los textos conservados de las Dinastías XVIII y XIX, presentan un panorama complejo. Así sabemos que los egipcios llegaron a ocupar Siria y Palestina, territorio al que llamaban Djahi (luego confundida con Fenicia, la actual Líbano), al menos hasta la gran época de los Ramésidas. Lo que se completa con una noticia referida al el año noveno del reinado de Amenhotep II (Abuelo de Akenathon), cuando el faraón se trajo de esas tierras a unos noventa mil cautivos, entre los cuales se dice que había más de cien príncipes. (Las cifras puede que sean algo excesivas, pero puede que posea cierto valor histórico). Sabemos que se trataban de pueblos nómadas del desierto, básicamente mercaderes; pero lo interesante del asunto es que aparecieron con el nombre de Apiru o Habiru. Es razonable su semejanza etimológica con los "hebreos". Este nombre de "hebreo" aparece una única vez en todo el Antiguo Testamento; para referirse a Abraham: "Un fugitivo fue y se lo contó a Abran, el Hebreo"(Gen. 14,13). No obstante, los historiadores lo sitúan por la zona de Transjordania y no en Israel.
Por otra parte, el Antiguo Testamento y otros textos fundamentales dentro de la cultura hebrea -como la Cábala - nos ofrecen pistas bastante interesantes. En un pasaje, nos revela que fue en el Exilio donde recibieron el alfabeto, la distinción de los meses y el sistema de los ángeles. Si el alfabeto egipcio se basaba en jeroglíficos, sin ninguna relación con los signos semíticos; los meses los tomaban por el estado del Nilo, y en su religión no reconocían a los ángeles; es evidente que no se puede referir a la civilización egipcia. Entonces, si no salieron de Egipto, ¿qué país era lo suficientemente poderoso como para poseer una política y una religión tan devastadoras, capaz de influir en un pueblo como el israelita?.




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